Quiero comprar esa canción.
Algunas veces no soy consciente de lo realmente
buena que es una canción hasta que no la escucho versionada por otro grupo o
cantante. El otro día, al entrar en una tienda de ropa de la ciudad, descubrí
con satisfacción que sonaba una canción preciosa en su interior. Durante un
breve instante, melodía y armonía lograron abstraerme del tormento de ir de compras.
Entonces me pareció que conocía la canción, que debía ser una versión de algún
clásico, pero terminó antes de que pudiera reconocerla. Unos pocos días después,
como si fuera Sísifo que carga una y otra vez con la misma piedra, volví a
entrar en otra tienda. Y, de nuevo, los dioses se conjuraron para aliviar mi pesada
carga, regalándome la misma canción. En esta ocasión estuve más fino. La reconocí
pronto. Lo que sonaba en Zara Home era una versión de Creep, el primer sencillo de la banda británica Radiohead.

Salí de la tienda con infinitas ganas de
regresar a casa y escucharla. Con ese gusanillo que solo se sacia cuando la
oyes una y otra vez, durante días. Todavía estoy en ello. El gusano ha abierto
un boquete que no parece que vaya a cerrarse con facilidad. Mi mente vagabundea
buscando el hueco para que Thom Yorke vuelva a hablarme de ella, de su amor
imposible, de cómo le gustaría ser especial, como ella.
Normalmente las versiones suelen cargarse la
canción original. Raras excepciones existen por ahí. Pero hay que reconocer que
la versión que escuché en las tiendas, obra de la banda Postmodern Jukebox y de
Haley Reinhart (a los que he conocido gracias a este trabajo), no solo permiten
redescubrir Creep, también la llevan
a otro terreno, el del jazz, donde la canción muestras otros matices que la
hacen, si cabe, todavía más desgarradora.
Siempre he pensado que hasta que no escuchas
una canción de pop/rock solo con una voz y una guitarra (valdría un piano) no
sabes lo buena que es. Esta versión me ha abierto los ojos: Creep es toda una obra maestra. En este
caso, la exuberante voz de Haley Reinhart únicamente se hace acompañar de un
piano, un contrabajo y algo de viento, concretamente un saxofón y un trombón, demostrando
que más de dos solo son multitud si no se está a la altura. No es el caso, la
combinación es perfecta. Mención especial cabe hacer del final de la canción,
donde Haley se desata.
El artículo debe terminar así, hablando de
ella. No de Haley ni de la musa que inspiró a Thom Jorke y compañía, sino de Creep, de la canción. Porque es
especial, jodidamente especial.