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martes, 9 de julio de 2013

El gol de Nayim

El mejor gol de una final.



Hoy voy a hablar de fútbol. Sé perfectamente que abordo un tema recurrente en cualquier charla de amigos, vecinos, compañeros de trabajo, en los informativos…, vamos, en cualquier sitio donde se reúnan personas con ganas de darle a la lengua, especialmente si son hombres. Pero quizá no sea tan habitual tratar de escribir sobre fútbol y darle un cierto toque literario. Aunque hay algunos grandes escritores como Camus o Galeano que nunca se avergonzaron de manifestar abiertamente su pasión por este deporte.

Voy a hablar de fútbol porque una noticia ha destapado el baúl de mis recuerdos. Hace algunos días vi en el telediario que un periodista publicaba un libro con los mejores goles de la historia. Y gracias a esta noticia (por cierto, un poco estúpida) rememoré algunos de los mejores goles que he vivido. Sin despreciar el gol de Iniesta, sin duda el más importante de mi vida porque supuso que España se proclamara campeona del mundo, o el gol de Mijatovic, quizá el que más haya celebrado y que le dio la séptima Copa de Europa al Real Madrid, el gol que voy a tratar de narrar ocurrió hace más de dieciocho años, concretamente el 10 de mayo de 1995, pero se quedó grabado para siempre en mis retinas. Efectivamente, voy a hablar del gol de Nayim, el mejor gol que se haya marcado en una final, el gol que supuso que el Zaragoza le ganara la Recopa al poderoso Arsenal, que defendía título.

Estábamos a falta de treinta segundos para que terminara la prórroga. Todo parecía indicar que se resolvería en los penaltis. Cedrún (el altísimo portero del Zaragoza) jugueteó un poco con la pelota, la plantó en el suelo y le dio uno de esos pelotazos buscando algún fallo en la defesa o simplemente poner la suficiente distancia de por medio entre el balón y la portería que defendía. El balón se pasea tranquilamente por encima de Poyet, bota y va hacia la cabeza de Linighan, que lo despeja erróneamente hacia el pecho de Nayim. La pelota bota de nuevo dos veces y empieza el espectáculo.

Mohamed Ali Amar Nayim (que por lo visto traducido al castellano significa «el afortunado») estaba a cuarenta y nueve metros de la portería. Quedaban apenas unos segundos para que finalizara la prórroga. El propio Nayim confesó que su primera intención fue pasársela al delantero Esnéider, pero vio que estaba en fuera de juego. Después ya no dudó más, aunque nadie se podía esperar que ocurriera algo así. El propio José Ángel de la Casa —el comentarista de Televisión Española— empezó a decir «Y Nayim lo que ha intentado es…» Parecía que la frase acabaría como «…es una locura». Pero Nayim sabía lo que hacía y ni José Ángel de la Casa ni nadie más lo sabíamos. Vio al portero del Arsenal adelantado y lanzó un zapatazo con una parábola perfecta, de ésas que salen sólo una vez en la vida. Seaman, el arrogante guardameta del conjunto inglés, saltó mal, un poco antes de lo que debería y a pesar de tocar la bola, no fue suficiente para impedir que la pelota acabara dentro en la portería.

El partido se había acabado. Todos lo sabían. Y el Zaragoza había ganado la Recopa gracias a un gol prodigioso, de los que nunca se olvidan.

Las reacciones no se hicieron esperar. La cara de imbécil que se le quedó a Seaman no tiene precio. El portero inglés nos caía mal a todos los españoles, aunque no me acuerdo del porqué. El equipo de un entonces joven Víctor Fernández jugaba al fútbol que daba gloria verlo, y mereció ganar aquel trofeo. Yo, que no soy del Zaragoza, me sentí maño por unos días.

El fútbol no es como el baloncesto, que cuando se va a cumplir el tiempo, el jugador lanza la pelota desde donde se encuentre, intentando un triple imposible. En baloncesto algunas veces se logra. En fútbol apostaría a que sólo se ha logrado una vez. Y lo hizo Nayim. Cuando Nayim pateó de forma perfecta el esférico, debió pensar que si uno cree en lo que hace, el triunfo es posible. Aunque parezca lo contrario. Lo mismo debieron pensar en la localidad zaragozana de Trasmoz, que le dedicaron una calle al «Gol de Nayim», al mejor gol que se haya visto en una final.


jueves, 30 de mayo de 2013

Uso y disfrute de la palabra «carajo»

Hay palabras que uno querría —y debería— usar más a menudo. Una de ellas es «carajo». De hecho, esta es la primera vez que la utilizo en un medio escrito, y juraría que hasta la fecha esta palabra jamás ha salido de mi boca.

La acepción del diccionario para este término que más me interesa no es la primera, aquella que dice que «carajo» es un sinónimo del miembro viril. Si fuera así, lo verdaderamente interesante de esta palabra sería el disfrute que se hace de ella, y no es mi intención entrar en estos momentos en una vulgaridad semejante. La acepción que me interesa es aquella interjección que, tal y como dice la RAE, sirve para expresar disgusto, rechazo, sorpresa, asombro, etc. No cabe duda de que la creciente indignación que me sacude por dentro merece que me tatúe en la frente que ya está bien de abusos —que no de usos— y de escupir a la cara a más de uno cualquier expresión que incluya esta palabra, como por ejemplo: «¡Vete al carajo!».

Quizá esta palabra me fascine por su fuerte sonoridad. En realidad, todas las palabras que incluyen la letra «j» son fonéticamente muy contundentes. O pudiera ser que el haberla escuchado en repetidas ocasiones en los labios del maestro Joaquín Sabina —él la utiliza en acepciones que ni siquiera el diccionario recoge— haya contribuido a que atribuya un cierto cariz de canalla y rebelde a aquel que se atreve a pronunciarla en público.

Por eso, en estos tiempos en que la corrupción, la codicia y la cobardía se han instalado en todos los estamentos de poder de nuestra sociedad, lo único de lo que quedan ganas es de atacar con el arma del lenguaje y mandar al carajo a todos aquellos que abusan del dinero de todos para su propio disfrute.

Permítanme que lo repita a modo de imperativo, y en plural: ¡Váyanse al carajo!

Puede que usar esta palabra no sirva para nada, pero os aseguro que, siendo mi primera vez, he disfrutado haciéndolo.

martes, 28 de mayo de 2013

El club de los imbéciles

No fue hasta los dieciséis años cuando descubrí que era un imbécil.

Al principio no quise asumirlo; no es plato de buen gusto calificarse a uno mismo con un adjetivo que designa a aquellas personas que destacan por su falta de inteligencia o su escasez de razón. Pero cuando la verdad te asalta en un callejón oscuro, y te pone entre la espada y la pared, no siempre es posible una huida, ni siquiera una mentira piadosa.

El juez instructor de mi caso dictó sentencia: no cabía duda, era un imbécil. Pero no uno de esos imbéciles que dejan preñada a la chica y luego no quieren saber nada de ella; tampoco uno de esos imbéciles que salen por la tele y que cada vez que abren la boca dan tres patadas al diccionario y cuatro al sentido común. Ni siquiera uno de esos políticos imbéciles que nos embarcan en guerras absurdas con el único fin de ser más ricos y poderosos. No, yo no era uno de ellos.

Sin embargo, cuando aquel marzo de 1993 me asomé a la ventana de clase, para contemplar estupefacto cómo Alicia —la única persona por la que hubiera regalado mi alma al diablo— se besaba en el patio del colegio con Lucas, el macarra guaperas del instituto, supe que entraba por la puerta grande y por derecho propio en el club de los imbéciles. Un club que, por cierto, nunca he tenido el coraje de abandonar.