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martes, 6 de agosto de 2013

Hemingway y Gellhorn

Cuando detrás de un gran hombre hay una mujer que le compite su grandeza.



Antes de ver esta película, telefilme, teleserie, miniserie —o como se quiera llamar— no tenía ni idea de quién era Matha Gellhorn. Sabía que el maestro Hemingway había estado casado en cuatro ocasiones, pero más allá de Hadley, su primera mujer que aparece retratada en la novela París era una fiesta, debo reconocer que desconocía la identidad de sus otras tres esposas.

En Hemingway y Gellhorn, ella brilla con luz propia. No se limita a ser una gran mujer a la sombra de un gran escritor y supuestamente un gran hombre, sino que en demasiadas ocasiones le da una patada en el culo al valiente y aventurero escritor norteamericano. Como si una mujer no pudiera. Como si una mujer no pudiera superar a nada menos que un Premio Nobel.

Lo principal que exijo de un biopic es que sea real, lo más real posible. Nunca sé si se cumple esta premisa, porque no tengo ni tiempo ni ganas de tirar de hemeroteca para conocer todos los detalles de la vida de los personajes que me fascinan. Para eso están los biopic, para que me lo cuenten de forma rápida, aunque no por ello deberían alejarse un solo centímetro de la verdad.

Si asumimos que la película Hemingway y Gellhorn es verídica, entonces resulta fascinante descubrir la vida tan interesante en la que se embarcaron sus protagonistas. Desde España hasta China, ambos pretendieron estar en los principales conflictos de la época en la que les tocó vivir. Ambos fueron apasionados, valientes y obstinados, y ambos trataron de trasladar sus vivencias a la máquina de escribir de la forma más honesta posible. Sin embargo, mientras que él es un escritor inmortal, reconocido mundialmente por sus novelas y relatos, ella ha pasado a la historia en un papel mucho más secundario. Quizá porque su talento con la máquina de escribir no fuera tan grande, o quizá porque muchas mujeres se han visto relegadas a un segundo plano por su mera condición de mujeres.

Ahora no es momento de resolver esa incógnita, sino de hablar de la película. Y para ello habría que comenzar diciendo que aquellos que busquen una gran película, no la vean. No es de lo mejor que se puede ver en pantalla. Tampoco hay ningún aspecto, cinematográficamente hablando, que merezca destacarse especialmente. Las interpretaciones no están mal, pero por ahí he leído que falta química entre los protagonistas. Es probable. A Ernest Hemingway lo interpreta Clive Owen, mientras que de Martah Gellhorn se encarga la australiana Nicole Kidman, que me parece demasiado guapa y sofisticada para las fotos que he visto de la auténtica Gellhorn. Pero bueno, quizá esto sea lo menos relevante.

Lo mejor de la película es la historia que cuenta, tanto la que transcurre en diferentes escenarios y guerras del mundo (España, China, Noruega, Cuba, EE.UU) como la propia historia y guerra que surge entre los dos protagonistas, y a la que no supieron hacer frente (no olvidemos que, después de Gellhorn, Hemingway tuvo una cuarta esposa). Las escenas en las que Hemingway aporrea la máquina de escribir con pasión y disciplina son realmente inspiradoras. Gellhorn se siente impresionada por el escritor norteamericano porque es capaz de levantarse a escribir a las seis de la mañana después de una noche de juerga y alcohol sin que sus capacidades literarias mengüen lo más mínimo. También descubrimos a un Hemingway valiente e interesado por conseguir un mundo mejor. Pero igualmente se retrata el lado oscuro del escritor: machista, mujeriego, amante de la fiesta y en ocasiones de trato rudo e insoportable. Es en ese terreno donde Gellhorn le saca toda la ventaja. Igual de valiente y comprometida con las injusticias sociales que él (o más que él) es capaz, sin embargo, de entregarse fiel y comprometidamente en su relación de pareja, sin condiciones, cosa que a Hemingway se le hace mucho más difícil.

Sin embargo, es él quien ha pasado a la historia. Seguro que no seré el único que no sabía quién era Martha Gellhorn antes de ver esta película.

viernes, 28 de junio de 2013

París era una fiesta

Pasión y disciplina.



¿Cuánto cree usted que cobraría Hemingway, si aún viviera, por dar una conferencia?

Imagínese que aquel 2 de julio de 1961 el escritor norteamericano no se hubiese quitado la vida con su escopeta favorita. Imagínese que a sus más de cien años aún estuviera vivito y coleando y en pleno uso de sus facultades mentales. Imagínese que Hemingway, como otros muchos, se ganara la vida impartiendo conferencias en las universidades más prestigiosas del mundo desarrollado.

He leído que Aznar o Clinton cobran más de 250.000 dólares por conferencia. En estos tiempos mercantilistas la política prima sobre la literatura, pero aun así estoy seguro de que Hemingway podría sacar una buena tajada si se dedicara a contar sus historias a quien estuviera dispuesto a escucharlas.

Esto nos lleva a la última pregunta: ¿Y cuánto estaría usted dispuesto a pagar por escuchar al escritor relatar sus años mozos en París, entre 1921 y 1926, cuando era pobre pero feliz? Si además nos contara anécdotas y cotilleos sobre otros escritores con los que compartió cafés y aventuras, como Scott Fitzgerald o Ezra Pound, o sobre tantos artistas que pulularon por el París de entonces, seguro que hasta sería un invitado de excepción en los programas del corazón.

Hemingway murió, pero lo mejor de él, su literatura, continúa viva. Y por el módico precio que supone comprar una novela, que además no está de moda y por tanto no es cara, uno puede conocer con todo lujo de detalles cómo era la vida del escritor norteamericano en la ciudad que cobijó a los mejores artistas y escritores de la época. No hace falta ir a una conferencia, porque Hemingway lo puso por escrito. ¡Y qué bien puesto por cierto!

Esta introducción tan larga me ha servido para contar básicamente en qué consiste la novela póstuma del Premio Nobel norteamericano, que se llamó A moveable feast, y que alguien tradujo en España como París era una fiesta.

Diría que esta novela es imprescindible para los aspirantes a escritores, porque toda ella está impregnada de la pasión por la literatura y la escritura que siempre tuvo Hemingway. Pero, sobre todo, porque desmitifica que en aquel París de vida bohemia, todos los escritores se dedicaran únicamente a emborracharse y a frecuentar lugares de mala muerte. Para Hemingway su vida era principalmente su trabajo, y su trabajo no era otro que «aprender a escribir en prosa». Todo lo demás gira en torno a ese aprendizaje, como la Tierra gira alrededor del Sol, sin desviarse más que lo justo. Si a la pasión le unes la disciplina, el éxito está asegurado.