Una oda al movimiento.

De esta guisa irrumpió la novela En el camino. Un artículo por allí, una
cita por allá hasta que, un día cualquiera, decidí que había llegado el momento
de leerla. A pesar de las innumerables referencias que me habían llegado, solo
recordaba de ella lo típico, que es un clásico de la literatura norteamericana,
una novela de culto y uno de los máximos exponentes de la generación beat, en
la que además de Jack Kerouac —su escritor—, podemos encontrar a Allen Ginsberg
y William Burroughs. Como En el camino
tiene tintes autobiográficos, la historia que cuenta está protagonizada por
todos ellos, además de, seguramente, el personaje por antonomasia de la novela,
un tipo bastante peculiar que en la vida real se llamó Neal Cassady y que en el
libro aparece con el pseudónimo de Dean Moriarty. De hecho, una de sus frases
más célebres está entre sus primeras hojas: «Con la aparición de Dean Moriarty
empezó la vida que podría llamarse mi vida en la carretera».
La novela trata precisamente de eso,
de la alocada vida en la carretera del narrador Sal Paradise —el álter ego de
Kerouac— junto a Dean Moriarty y otros amigos, chicas, autoestopistas y vagabundos
de diversa índole. La obsesión de Dean es estar en constante movimiento, y a
esta aventura vertiginosa son arrastrados todos los demás. De hecho, la
atrayente, seductora y carismática personalidad de Dean es uno de los principales
atractivos de la novela. Junto a estas cualidades, el personaje que
supuestamente esconde a Neal Cassady presenta algunas facetas oscuras que el
narrador pone sobre el tapete sin crítica ni censura. Todo ello conforman a un
personaje que se ha convertido en el paradigma de los beatniks y de los, hoy tan de moda, hipster. Pero más que un look
determinado—la mayor parte de la novela este pionero del movimiento hipster viste con ropa
sucia y desgastada o abre la puerta de casa en calzoncillos o desnudo—, Dean
Moriarty representa una forma de vivir, en la que lo importante es maravillarse
por todo, descubrirlo todo, extraer cada gota de intensidad a la vida, sin
mirar atrás ni asumir las consecuencias derivadas de tus acciones. Y, para
ello, es inevitable estar en constante movimiento.
Una de las características más
originales que se atribuye a esta novela es el estilo en que está escrita —que por lo visto se define como bop—,
y que surge mediante impulsos, de forma desinhibida, espontánea, improvisada, tratando
de reflejar lo más fielmente la vida frenética de sus protagonistas, su
vagabundear a lo largo y ancho de los Estados Unidos. Precisamente, sobre el
proceso de escritura de la novela se ha dicho y escrito mucho: la explosión
creativa que supuestamente llevó a Kerouac a redactar las más de trescientas
páginas en tres semanas, la influencia de las drogas, el manuscrito original sin
márgenes ni puntos y aparte de 36 metros de largo al que el escritor denominaba ‘el rollo’, etc.
Como anécdota, decir que parece ser
que En el camino ayudó a la
mitificación de la archiconocida ruta 66. No en vano, son multitud las ciudades
y estados norteamericanos retratados en esta novela —Nueva York, San Francisco,
Nueva Orleans…—, aunque, en mi opinión, es especialmente interesante el último
viaje, la incursión de sus protagonistas en México.
Lo mejor que para mí tiene En el camino es que te insufla ganas de
vivir intensamente, de viajar, de descubrir otros lugares e incluso de
encadenar una juerga detrás de otra. Lo peor es que cuando cierras el libro te
asalta de nuevo la normalidad, la rutina, la responsabilidad. Es, sin duda, una
buena novela para evadirse; un libro que, en mi opinión, está lejos de los
grandes clásicos de la literatura, pero que tiene bastante interés, no solo
literario sino, sobre todo, porque refleja un espíritu y una época que nunca
pasará de moda. En el camino es, ante
todo, una oda al movimiento.