La mejor forma de provocar es contar la realidad.

No es lo primero que leo del enfant terrible francés. Considerado por
algunos como el último escritor maldito, reconozco que su literatura me
engancha, pero que no me termina de convencer. El pesimismo existencial que
impera en sus obras —y escenificado a través de unos personajes patéticos, miserables,
pero, al mismo tiempo, entrañables— tiene un halo terrible y conmovedoramente
real. Demasiado real quizá para que un lector en su sano juicio quiera ver esas historias por escrito. Porque
si uno lee para vivir otras vidas, las otras vidas que propone el señor
Houellebecq seguramente no merezcan ser vividas, al menos en el ámbito de la
ficción novelesca.
Uno no desea ser ni Bruno ni Michel, los dos
protagonistas de Las partículas
elementales. Uno no desea ser ninguno de los personajes de las novelas de
Michel Houellebecq. No son dignos de admiración, ni por buenos ni por héroes y,
ni siquiera, por canallas. Es posible que uno se reconozca en todos ellos, pero
si la literatura aspira a convertir a los lectores en algo, ese algo debería
estar muy alejado de las “virtudes” encarnadas, en este caso, por Bruno y
Michel, los dos medio hermanos sobre cuya vida se ceba el escritor francés.
La obra narra la insípida historia de Bruno
Clément y Michel Djerzinski, dos tipos abandonados por una madre que prefiere
la libertad, el libertinaje y las utopías hippies a las responsabilidades
derivadas de la maternidad —la crítica a los ideales de mayo del 68 y que derivarían en el New Age son constantes en el libro—. Mientras que
Michel se acaba convirtiendo en un prestigioso científico sin ningún interés
por las relaciones humanas, la existencia de Bruno deviene en un apetito sexual
desaforado. El amor, tanto para uno como para el otro, es un elemento ajeno.
Para los que busquen en Las partículas elementales la provocación ligada indisolublemente a
este autor, decir que la novela está plagada de situaciones sexuales
explícitas, de todo tipo y para todos los gustos. Para los que acuden a esta
obra atraídos por su supuesta calidad literaria, comentar que en ella se combina
el tono ensayístico con el novelesco con cierta pericia, y que en cada página
se respira el existencialismo que tan bien han sabido plasmar en negro sobre
blanco algunos escritores franceses. Sin llegar a la maestría de narradores
como Albert Camus, el señor Houellebecq hace un acercamiento interesante a la
sociedad descrita por Aldous Huxley en Un
mundo feliz, obra a la que, por otra parte, se hace continuamente referencia en la novela
que hoy nos ocupa. Mención destacada debe hacerse de las pinceladas científicas de las que está salpicada toda la obra y que desembocan en un epílogo ciertamente interesante.
No tengo muy clara la conclusión que debiera
derivarse de mis palabras. Me encuentro en la disyuntiva de si, en el futuro, debo evitar leer algo más de este escritor, por si acaso se cumple aquello de
«Somos lo que leemos», o si debo continuar dando nuevas oportunidades a sus
obras, quizá porque solo cuando uno tiene muy claro el tipo de persona que no quiere ser, es cuando empieza a vislumbrar en lo que quiere convertirse.
Para concluir, quisiera compartir una idea
que últimamente me ronda la cabeza: probablemente no haya mayor utopía ni
servicio a la sociedad que educar a los niños de tal forma que un futuro no sean pasto
de los psicólogos ni se conviertan en un personaje de una novela de
Houellebecq. ¿El método? Ya lo sugerían Los Beatles: All
you need is love.